lunes, 14 de noviembre de 2016

El escritor que no podía escribir.

[Autora: Minakuroi Filica.
Créditos correspondientes al dibujante.]

Érase una vez, un hombre solitario de 20 años de edad, portador de cabello color azul brillante que caía sobre sus hombros, junto al flequillo que desviaba la atención de esos ojos vacíos, cristalinos y de color gris. Todos los días recorría el mismo sendero que partía desde su casa hasta un campo lleno de flores blancas; en ese lugar, el viento soplaba con una inmensa tranquilidad que lograba hacer que una enorme inspiración surgiera día tras día, y así lograba sacar sus escritos desde lo más profundo de su alma.

Se acababa de mudar, resultaba un total desconocido para todos, no sabían su origen, mucho menos de los gustos que presentaba. Pero eso sí, en el momento en que se enteraron que él era un escritor, comenzaron a burlarse sin parar; pensaban que estaba siempre encerrado en un mundo de total fantasía y terminaría siendo un idiota al que podrían engañar con facilidad.

Cada vez que lo encontraban entre las blancas flores, se acercaban a arrebartarle su lápiz y el cuaderno en el que escribía; quebraban los lápices y pulverizaban las hojas que tenía el muchacho con un gran avance de su obra. La historia se repetía día tras día, todos estaban felices porque a pesar del trato incorrecto que le daban —y que eran conscientes del mismo—, él se comportaba amable con cada uno de ellos. Pero no todos tuvieron la misma reacción de satisfacción, para ser exactos, un joven de piel y cabello blanco, se acercó repentinamente, se sentó a su lado y comenzó a entablar una conversación que no entendía al inicio.

— Me alegra que estés aquí —mencionó el escritor, manteniendo la vista hacia el horizonte como si su vida se centrara en ello, reflejando algo de melancolía en sus ojos—, hoy se terminaron las hojas del cuaderno, es una pena... Quería plasmar en todas mi perspectiva de cada uno de ustedes y la felicidad que me daba al saber que estaban cerca mío.

— ¿Felicidad? —cuestionó el albino, él sabía que tenía todo el derecho de estar furioso con todas esas personas, pues ninguna de ellas se atrevió a ser bueno en ningún sentido— Deberías de escribir sobre el odio que conservabas por todas sus acciones, no de la alegría que tienes al tenerlos cerca, está mal.

— ¿Es así? —replicó con una pregunta, a los instantes, siguió con su habla; estaba pacífico, con una sonrisa en su rostro que con nada podría borrarse y confundía con la tristeza que desde hace un rato se percibía en sus pupilas no muy visibles— Realmente se la han pasado "pisoteándome", pero eso no significa que no haya notado lo cálidos que pueden ser. Por ejemplo, tú... Podrías reír sin parar, pero estás ahora sentado a mi lado, admitiendo que sus acciones son incorrectas.

— Oye... Deberías... —de inmediato sintió como dos manos estaban sujetando las suyas, eran frías en comparación a las suyas, estaba sorprendido y no solamente por eso, sino también por mirarle directamente a los ojos y al fin observar algo que ninguna persona había notado antes— Tú... ¿Estás ciego?

— Así es, no puedo verte, pero siento que eres muy cálido, no solamente por tus manos, todo el tiempo la he pasado imaginando la manera física de cada uno de ustedes. Aunque no lo crean, son parte de mi vida y de mi historia, por eso quería integrarlos en-

— ¿Cómo escribes si eres ciego? —interrumpió de manera tosca, entrelazando sus dedos con los del contrario y compartiendo su calor a las manos frías del autor como muestra de motivación por su esfuerzo y perseverancia que mostraba cada día— Eres impresionante, quisiera saberlo.

— No todo el tiempo he sido ciego, en un punto de mi vida me volví así y tuve que adaptarme, pero no quise aprender el lenguaje especial, mi objetivo era seguir con mis historias como antes, para compartirlas con ustedes algún día.

Y justo en ese momento, el viento se intensificó,  comenzó a volar la última hoja que rompieron, estaba partida en dos y ambos trozos estaban juntos en el aire; el chico de cabello blanco, se levantó y los alcanzó, miró de qué manera unirlos y dio lectura en su mente a lo que estaba escrito. No evitó entrar en llanto, pues asimiló que todo estaba relacionado con la vida del ciego, quien cayó al suelo inmediatamente, muerto.

"Finalicé con el cuaderno, en ésta página concluye el escrito al igual que en éste día concluye mi vida. Quisiera agradecer a cada uno de ustedes y decirles que, incluso si no lo saben, todos ustedes tienen unas almas amorosas con las que estuve rodeado. Yo no podía verlos, pero disfruté de cada segundo, porque yo, un escritor que se mantenía lleno de bloqueos mentales, se ha inspirado en cada uno de ustedes para formar mi más bella historia, en la que describo el amor que sentí al dejar de estar solo por una vez en mi vida."

Guardó en el bolsillo de su abrigo ambos papeles y seguido lo tomó entre sus brazos, y acomodó su cuerpo encima de todas las flores; después de todo lo que vivió, hasta después de muerto, conservaba su sonrisa. El último con el que convivió, salió corriendo a avisar al resto sobre la muerte del autor que llegó y se fue en silencio. Todos estaban tristes al leer la carta y escuchar alguno que otro detalle del testigo que aclaraba las dudas, desconocían su situación; y lo que más dolor les provocó, fue saber que ya nunca más estaría con ellos ni para recibir las disculpas de cada uno. La alternativa de todos se basó en tenerlo presente en sus almas y saber que a su lado estuvo un amable y valioso escritor que no podía escribir.


|Bien, como se debe notar, se ha creado un espacio para compartir escritos. De igual manera, se brindarán consejos sobre cómo mejorar en la redacción para los mismos.

Minnakuroi Filica. |

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